Quiero parar ,
sentar la cabeza en los adoquines,
olvidar que existo,
que existen,
dejarme guarecer por el aliento frío
de la piedra y la cal,
escuchar sólo el deslizar de mi alma
por acequias y alcabas,
dejarme correr en la tierra,
para que me cuente,
su lamento,
y el de las manos que en ella yacen,
como fue el doloroso parir,
de regiones,
forjadas con la sangre,
que tiñe los viejos y grandes ladrillos.
Que me ofrezca,
los cantos del Sacromonte,
los rezos,
de los que levantaron la Alambra,
el gemir de la montaña
de donde sacaron las piedras,
el llanto de los que llegaban,
el de los que casi se fueron,
las voces de los niños,
que moraban el barrio de la colina.
Quiero escucharte,
que me hables,
que me cuentes,
pero no me hablas.
Y asustada,
te callas.
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