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Avenidas

Figurines verdes,
alineados,
monumentos a victimas,
imprescindibles para la contracción,
de economías y abdominales verdugos.
Verdugos transitando sobre las tumbas,
de raíces y pasados,
temerosos de perder a las victimas,
de no poder cortarlas,
desmembrarlas,
quemarlas,
sacar tajada de su existencia,
o de rendirle honores,
más allá del engaño de las conciencias.
Esta simbiosis en extinción,
que muta y se retuerce en la historia,
es morada por micromundos,
que se preguntan que es lo que pasa afuera,
que se agitan y agonizan,
que sienten la existencia suspendida,
postergada al día de la muerte.

Tormentas

Del viento indomable,

y su control indiscriminado,

del silbido de esos labios etéreos,

cariñosos,

imprevisibles,

violentos;

de la contradicción melodiosa y esquizoide,

de su roce con los cuerpos.

Surgen los rumbos hacia la disolución,

que chocan y maldicen,

que incineran pacientes,

copulando el odio.

Esos horrores,

también andan cargados de risa,

anhelos y resortes carcelarios,

que estallan,

se desprenden,

y se desparraman con gusto,

en las gargantas peladas de los cementerios.

Prejuicio

No sé cómo huir

cómo huir del cuerpo,

que no es mío,

que da miedo.

Cómo huir de la soledad,

del alma contraída,

de las cuatro esquinas,

de las púas amenazantes.

Nada se acerca,

hasta el agua resbala presurosa,

no hay poros que la detengan,

sólo un tobogán de la huída.

No conocen su miedo,

es el mío,

no entienden mis púas,

son las suyas.

Tierra

No puedes llorar.
Las escamas son lo único que puede demostrar
cuan lejos estás de tus propias lágrimas.
Ese ha sido tu injusto castigo por parir,
nutrir la vida de los fetos que te obligan a abortar.
Cadáveres que arrancan de tus piernas desgarradas y agrietadas.
Ya no puedes más.
Te prometiste no hacerlo.
Nunca abandonarías.
Pero te lo han arrebatado todo.
Y te quedaste sola.
Desierta.
Medio muerta…

Miedo

Rostros escrutando la oscuridad,
tímpanos erizados que no encuentran la fuente de sonidos,
ilusiones fugaces, desconocidas,
sueños que dan demasiado vértigo como para ser vistos.
El ego desgajándose,
volviéndose muchos, pequeños y debiluchos egos.
El alma no lo aguanta,
no encuentra razón para ese sadomasoquismo,
para ese asomarse a un remolino de la mente.
Se retorna a la canción,
sumisa a la batuta que traza circunferencias infinitas,
se construyen paredes,
botones, la luz.
Luz a cualquier precio,
luz que abrasa la oscuridad y lo desconocido,
que ilumina el interior de la carne muerta y desgarrada.
Luz que se impone como luz,
a topos y murciélagos,
a lunáticos y soñadores,
a la paz estrellada,
a la locura oscura de la belleza,
y al mar que busca consuelo comiendo tierra.
Pero la mierda perfumada huele más,
por eso nunca se podrá,
cambiar el cuerpo atrapado en la horizontal inmutable,
ni la carne y las uñas adheridas a una puerta,
que nunca se abrirá,
llorando por una eternidad infinitamente oscura,
eternamente estrecha,
perpetuamente asfixiante,
realmente vacía.

El destierro

No estoy en los ceniceros donde acaba el amor,
ni en el amor incandescentes de los finales felices e inciertos,
ni entre las teclas del piano,
ni en el escalofrío de la escala,
ni en la felicidad,
ni en el sufrimiento que la busca,
ni en las noches,
ni en el madrugue que la mentira ayuda.
No estoy perdido,
ni en ningún camino,
ni en el roñoso humo se mis pulmones,
ni en el aire fresco del campo,
ni en tu pupila
ni en la pupila donde se clava la tuya,
ni en la mía.
No estoy,
ni estoy ausente,
ni en los segunderos,
ni en la eternidad,
ni en el dolor que me humilla,
ni en el placer que me llena de dicha,
y no estoy muerto,
ni estoy vivo.

El salinero

Rostros escrutando la oscuridad,
tímpanos erizados que no encuentran la fuente de sonidos,
ilusiones fugaces, desconocidas,
sueños que dan demasiado vértigo como para ser vistos.
El ego desgajándose,
volviéndose muchos, pequeños y debiluchos egos.
El alma no lo aguanta,
no encuentra razón para ese sadomasoquismo,
para ese asomarse a un remolino de la mente.
Antes de marcharte dijiste:
Mi barco encalló,
ya no lo quiero,
pero navegaste una vez más en la madera,
cuya vela invisible era inflada,
por las manos impotentes ante tu partida.
Surcabas un mar grisáceo en el que las olas eran,
escavadoras destrozando una ves más las salinas,
ellas también se iban,
como la vieja perra con la columna torcida.
y las patas desvalidas,
como la flota que desapareció de los muelles,
llevándose consigo el olor de la sardina,
como parte del recuerdo de quienes somos,
que tu silencio no dirá por mucho que miremos hacia arriba.
Los chuchos del charco están tristes,
porque ya no los buscarás mientras caminas,
la noche ya no se encuentra,
sin tu vigilia,
el sol se posa en las montañas y re fuerza el fulgor
de la lava negra y la tierra rojiza.
y los cuerpos requemados como hojas en verano,
reverdecen junto a la palmeras, valiéndose de las lágrimas.
Y es que se ha marchado Ginés,
el salinero,
el patrón del barco Rosa María.
y con el a muerto un poco de Lanzarote
y de su Arrecife querida.

Se dice

Se dice que la vida es un toro,
que hay que cogerla por los cuernos,
que si no empitona.
Se dice que los resortes carcelarios,
que encierran nuestras almas,
saltan hechos añicos ante el tesón.
Se dice que la realidad es una,
que los sueños,
metas.
Se dice que hay que luchar,
autosuperarse,
vencer.
Se dice que el abatimiento y la desidia,
son cosas de tontos y amargados,
de subnormales, se dice.
También se dice y se pregunta,
a quién coño se le ocurrió que la vida es un toro,
y se dice, que sí es así,
por qué lo encerraron entre minaretes,
que nublan el cielo como los barrotes de las alcantarillas.
Se dice que la risa es la mejor mofa,
que las lágrimas verdaderas siempre son sentidas,
que en una lucha sólo hay vencidos.
Se dice,
y se dicen,
y se catalogan los sueños,
Se dice jugando a ser morfeo,
a que se sabe todo,
a salvar el mundo.
Se dice que las bocas,
que decían al niño como soñar,
ya sólo sueltan babas y miradas estrábicas,
que le preguntan por qué sueña.
Se dice que la vida no puede ser un toro,
banderilleado,
humillado entre las proclamas de la plaza.
Se dice que no se merece,
que entorpezcan su deambular por las verdes praderas,
que atrapen sus cuernos,
Se dice que él no se lo pidió a nadie,
se dice que el toro es herbívoro.
Se dice que el respeto ya no existe,
sólo la incomprensión,
la soberbia,
la ilusoria posesión de la verdad, se dice.
Se dice que se dice,
pero el tiempo pasa y uno muere,
y que en verdad, se dice,
al final nunca dijiste nada.
o por lo menos,
eso se dice.

¿Qué hacemos?

¿Qué hacemos?
cuando los ojos suben buscando las nubes,
como globos cargados de aguas que buscan chocar con el gas,
para descargar lanzas.
¿Qué hacemos?
Cuando las bocas aceitosas quieren agrietarse,
morir para ser fértiles,
no hoces engalanadas de margaritas,
¿Qué hacemos?
cuando el dolor que quiere ser perpetuo,
se rompe por no olvidarse,
para no volver a asomarse entre los labios tibios de otra mañana lluviosa.
¿Qué hacemos?
cuando las lágrimas ya no salen de los cuerpos,
emocionadas,
para equilibrar el espacio que nos ocupábamos,
¿Qué hacemos?
cuando tratamos de almacenar el odio,
guardarlo en cajas nuevas,
cuando somos el destello lejano de una galaxia extinta.

¿Qué hacemos?

El pacto

La lluvia vino a buscarme,
yo ya salía mojado del infierno,
pero la lluvia no tuvo piedad.
Fui ha refugiarme en la tierra lapidada,
traté de escapar del agua que corría,
y vi las caras,
huyendo como yo,
hacia la lapidación.
Descontentas,
huyendo de la tierra mojada,
del gorgoteo de las bocas al hablar:
cañones que por una vez traían flores.
Huyendo de las palabras hechas agua,
que iban más allá de lo intangible:
volviéndose espectros líquidos.
Así que emprendí la huída verdadera,
huí hacia la tormenta,
hacia único gris bello:
el de las nubes que alegran a pastos,
y rumiantes.
Noté las lágrimas que nunca lloré,
me deshice del miedo,
y del paraguas que me protegía de ellas,
de la cordura que rompe el cauce de los ríos,
de esos embalses que maniatan y esclavizan al agua.
Entonces,
un suelo mojado,
el agua,
la lluvia,
nunca el cielo,
siempre infierno,
estaba vivo.

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