Archivos en la Categoría 'Uncategorized'

EL MUNDO SIN ESCAFANDRA

Tengo miedo de no volver a disfrutar. Del sabor del vino y tus labios, dientes y lengua. De tu abrazo como la yerba arraigada a la tierra. Que me hace sonreír con alegría ecológica y renovable. El fondo del mar.

Tengo miedo de no volver a sentir. La presión de tus manos. Tus dedos torcidos sobre las teclas del piano. Sobre mis propias manos, oídos, carne.

Tengo miedo de no volver a aprender. Otro punto de vista. Los colores que dan sentido al cuadro. Sin vergüenzas o tapujos. Los ojos como focos iluminando el camino. Las manos bien abiertas.

Detrás del miedo, la tristeza.

El miedo son mi muro y su foso. El esfuerzo de mantenerme infranqueable es el que me falta al explorar el mundo.

Lanzarse desde un puente. Nada que se pueda hacer al caer. Los brazos en alto. Excepto sentir la sangre golpeando en las venas. Como quien se lanza al agua. Y esperar a que la cuerda se tense. Justo al final.

No todo el mundo necesita explorar el mundo.
Yo sí.
Me niego a hacerlo desde el interior de una armadura.

¿QUÉ TE PASA, CHARLY?

Las paredes del bar están pintadas de verde. De ellas cuelgan fotos en blanco y negro donde la imagen de un actor o una actriz de Hollywood es acompañada por el título de una película.
Más allá de la barra, al lado de los baños, varios focos bañan de luz azul a un hombre de melena rizada y gris, dejada crecer a lo afro, que toca el piano y canta sobre un escenario. La gente que ocupa las sillas ignora y acalla la música del hombre con sus voces. Pero, a pesar de todo, él sigue tocando el piano con la inercia de un equipo de música.
– Este Evaristo siempre toca lo mismo ¿Te imaginas pegarte toda tu vida cansando a la gente con esas canciones tan aburridas? – dice Dimas
Charly es de los pocos que siguen la melodía de Evaristo. Lleva un pasamontañas negro y no se lo quita a pesar del calor que hace en la sala. Apenas mira a su amigo mientras responde a la pregunta.
– Me encantaría poder tocar el piano toda mi vida, aburrir a la gente y echarle de los bares con mis canciones.
– Creo que lo que hace es tan monótono como trabajar en una cadena de montaje.
- Hay animales que hacen toda su vida lo mismo, pero no parecen muy infelices. Están vivos.
- Sí, pero por lo menos pueden reproducirse. Seguro que ese no folla hace décadas. El otro día trató de ligar conmigo. Yo no soy gay, pero conozco a algunos que lo son y lo han rechazado igual que yo.
- Puede masturbarse. Me encantaría estar toda la vida masturbándome.
- ¿Y quién te lo impide? – Dimas observa a su amigo con un gesto de extrañeza.
Evaristo se levanta, abandona la luz de los focos, baja a la penumbra que envuelve al
público y se pone a recoger las botellas y los vasos vacíos de las mesas. Un grupo que toca versiones de Pink Floyd llena el espacio que ha dejado en el escenario. Dimas saca un paquete de cigarros y le ofrece uno Charly.
– Ya te he dicho que he dejado de fumar. – dice Charly
– Vale, tampoco hace falta que te pongas así.
Evaristo pasa al lado de la mesa donde están ellos y les saluda. Charly le devuelve el saludo.
- ¿Has visto con que carita te ha mirado? – dice Dimas. Charly ni le responde y se queda mirando como vaga por el bar la melena plateada de Evaristo . Después le da un ataque de tos y se va a casa haciendo caso omiso a las protestas del amigo.
- Me siento muy cansado. Adiós. – dice antes dejarlo atrás.

Al llegar a casa, Charly se mira en el espejo. Su cabeza ya no tiene puesta el pasamontañas. Tampoco tiene pelo.

EL INJUSTO FINAL DE LA VIDA EN UN ESCARABAJO AZUL

Al Tío Cirilo le gustaban demasiado los coches. Tanto le gustaban que a los dieciséis años se compró un Volkswagen, un escarabajo azul, y decidió quedarse a vivir en él.

No me pregunten cómo se las apañó económicamente o emocianalmente. Una vez se metió no salió nunca más. Se levantaba, se lavaba, trabajaba, comía, ligaba, follaba y dormía en él. Se sospecha que no saliera nunca.

A medida que pasaron los años, el coche y Tío Cirilo se fueron haciendo viejos y hubo que reformar varias veces el coche. Siempre se empeñó en quedarse dentro del escarabajo azul mientras le cambiaban las ruedas, sacaban y metían el motor, restauraban la chapa y los sillones.

Nunca tuvo problemas de salud. Cerca del fin, cuando los tuvo, fueron los médicos los que tuvieron que acercarse al coche y tratarle allí. Una vez que estaba muy mal lo intentaron sacar y casi se muere. Así que lo dejaron dentro y mejoró; no se sabe si fue casualidad o qué.

La voluntad de Tío Cirilo era que lo enterrasen con el escarabajo azul.

La ley no lo permitió.

Qué injusticia.

LA ASTRONOMÍA ES LA CIENCIA QUE ESTUDIA LA INFELICIDAD

Axioma primero:

La felicidad es como Plutón. Está demasiado lejos.

Axioma segundo:

Tú no naces sabiendo que Plutón existe. Cuando has cumplido al menos seis años, viene un tipo con un telescopio y te lo cuenta.

NIEVE ROJA

Una ciudad semidestruida bajo un cielo nublado.
Una calle de la ciudad: desierta, nevada. En esa calle, en uno de los edificios que aún continúan en pie: una ventana. Tras esa ventana: un reloj, cuyas agujas señalan las nueve y tres minutos, en la muñeca de un niño que porta un rifle.
Un hombre gorro de lana marrón, jersey gris también de lana, pantalones azules, botas negras que gira la esquina y empieza a recorrer la calle encogido, con las manos metidas en los bolsillos, rápido, sin despegarse de la pared, con la mirada atenta a los balcones y ventanas que hay en los edificios del otro lado de la calle.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis pasos.
El hombre que se detiene. Observa. Gira la cabeza. Mira atrás. Vuelve a girar la cabeza. Recorre con la vista las ventanas y balcones del edificio.
El niño que observa al hombre a través de la mira tele¬scópica del rifle.
El hombre que camina otra vez: uno, dos, tres, cuatro…
Las manos en los bolsillos. Encogido. La vista fija en los balcones y ventanas.
…cinco, seis, siete…
El dedo del niño que aprieta el gatillo.
La detonación.
El hombre que cae sobre la nieve.
La sangre. La sangre que tiñe la nieve.

HARIK SURAM, FILÓSOFO PROHIBIDO

Llama la atención que Harik Suram sea un filósofo turco muy conocido en oriente pero totalmente censurado en nuestros países. Por eso os mostramos algunos extractos de sus libros

“La maldad es parte del ser humano. Por alguna razón, el grado de maldad difiere entre especímenes. Pero la lucha es constante entre ellos. Es como si sólo pudieran avanzar caminando sobre los cadáveres de sus iguales. Como si estuvieran siempre rabiosos cuando no están aletargados. No me importa su arte y su ciencia. Son torpes. Una especie de lo más común en el universo. Son una especie prescindible.”

Los escritos secretos, Harik Suram, 2006

“Vivimos adormecidos por las comodidades. Las mayores atrocidades de la Historia se están cometiendo en nuestro tiempo, con nuestra complicidad o nuestra ceguera. Utilizamos la tecnología para aprovecharnos de nuestros hermanos. No nos importan nada. Pueden morir de hambre o de sed. No renunciaremos a nada por ellos. No permitiremos que se interpongan en nuestra comodidad. Si es necesario exterminarlos, lo haremos. No dudéis de ello. Después nos limpiaremos las manos. Nosotros no sabíamos nada. No eramos conscientes. Estábamos durmiendo.”

La mirada podrida, Harik Suram, 2008

“Nunca asesiné a nadie que no lo mereciera. Me enseñaron a no matar sólo para engañarme con más tranquilidad. Oscurecieron la parte que no querían que viera. Pero me asomé al lado oscuro. Descubrí lo que había escondido. Trepé por encima de la ideas que habían amontonado en mi cerebro y pude mirar más allá. Donde vivían antes de que les pegáramos fuego.”

Al otro lado de la máscara, Harik Suram, 2010

“Otro estado superior está por llegar. Pero no parece cercano. Acaso soy demasiado impaciente. Acaso demasiado exigente. No lo soy. Nunca debería ser suficiente. Vivimos durante un tiempo muy limitado. Sólo nos damos cuenta de ello cuando ese tiempo se está acabando. ”

Los días rancios, Harik Suram, 2011

LA MASA

La población de Afoggia, un pueblo situado en la región meridional de Italia llamada Basilicata, quedó reducida a cinco habitantes el 23 de diciembre de 1957. Según el censo de ese mismo año, hasta aquél día la población del pueblo ascendía a 202 habitantes.

Las casas abandonadas están situadas en la falda del Botte Motalto, un pico de los Apeninos, a una altura de mil trescientos metros sobre el nivel del mar. Afoggia fue fundada por los romanos en el siglo II antes de Cristo. Los lombardos lo conquistaron en siglo VI y en el siglo XI pasó a formar parte del ducado normando de Apulia. Durante los años 1373 y 1754 sufrió graves terremotos. Fue en 1861 cuando se integró al reino de Italia. Su economía dependía principalmente de la cría de ovejas y cabras. A mediados del siglo XX, durante la segunda guerra mundial, el descubrimiento de gas metano en el cercano valle de Basento estimuló la construcción de factorías de industria pesada y gran parte de la población de Afoggia emigró al valle.

Giacomo Buzzatti, uno de los pocos naturales aún con vida de Afoggia, junto a su novia Elsa Sciascia, Giosuè Carducci y Andrea d’Annunzio, recorrieron a pie aquella tarde de diciembre los dos kilómetros que separan Afoggia del pueblo vecino con el propósito de tomar un vino con unos amigos. Durante el trayecto de vuelta, entre bromas, Giacomo se torció el tobillo y tuvo que volver cojeando.

Desde mediados del siglo catorce, todos los habitantes de Afoggia, creyentes o no, se congregaban junto a la iglesia el 23 de diciembre al anochecer. Esta tradición comenzó como ruego para que cesaran los terremotos que sacudían la región. A pesar de que los terremotos no habían hecho acto de presencia (al menos de forma importante) desde décadas, los lugareños todavía conservaban la tradición en 1957.

Giacomo y sus tres acompañantes escucharon las campanadas que invitaban a la gente a congregarse. Pero el repicar cesó de repente.

Por unos metros continuaron caminando sin percatarse. Luego, Elsa se detuvo. El resto continuó unos pasos más. Se detuvieron. De la esquina de la calle Dino Morante con Leonardo Basan, calle por la que caminaban, apareció corriendo hacia ellos Benedetto Croce.

Benedetto pasó junto a ellos con los ojos perdidos. Su cara estaba desencajada. Sus brazos al cielo. Les dejó atrás sin casi darles tiempo a preguntarse por qué corría.

Menos de cinco segundos después, la mayoría de los habitantes del pueblo pasaba junto a ellos. Todos corrían. Gritaban. Sollozaban. Gemían. Braullaban. Resoplaban. Una manada humana perseguida por el depredador. Una imagen sacada hace miles de años atrás.

Pasaron a su lado. Sin verles. Como si fueran invisibles. Dejando atrás algo terrible. Otros les apremiaban. Sin dejar de correr. Con gritos de pánico. Que corriesen tras ellos.

Un miedo irracional se apoderó de Giacomo, que obedeció las palabras de su hermana que corría junto a su marido, Antonio Fogazzaro, y empezó a correr en la misma dirección en la que lo hacía la masa.

No hubo tiempo para explicaciones. La locura se apoderó de ellos.

Según Giacomo, para la mayoría la carrera no duró más de diez segundos, lo que se tarda en correr los cuarenta metros que hay desde la calle Leonardo Basan hasta el precipicio que los lugareños llamaban Trasimeno.

El tobillo de Giacomo no podía seguir el ritmo de los demás. Le dejaban atrás. Incluso Elsa corría unos metros por delante de él. Echó la vista atrás. Dos o tres veces.El miedo la empujaba hacia delante.

A su lado pasaron, Ettore y Barbara Radice, que desprendían un olor inconfundible, el que había sido su profesor en la escuela, Gino Severin, Filippo Tommaso Marinetti, al que reconoció por ser manco. Quizá Su padre. Su madre.

El último en sobrepasar a Giacomo fue el párroco, Michele de Lucchi.

Le dejaron atrás y, luego, desaparecieron precipicio abajo.

Cuando Giacomo llegó al borde del abismo estaba solo. Sentía una gran presencia y a la vez un gran vacío tras él. No quería mirar atrás. No podía mirar atrás. Cerró los ojos y escuchó el viento escurrirse entre las rocas. Se arrodilló sollozando. Vomitó. Se encogió sobre sí mismo en el suelo esperando en vano que algo sucediese.

Y así lo encontraron horas después, inconsciente, como una piedra más del paisaje.

UNIVERSOS FINITOS

Era una noche sin luna. Las luces de las estrellas eran secundadas por las de algún bote que faenaba en la lejanía de las aguas y el débil destello de las farolas de la isla vecina.
Dos sombras observaban el firmamento desde una manta extendida sobre la arena de la playa. Una botella de vino las separaba.
- ¿Estás seguro de que no abrirán el coche en el lugar donde está aparcado? – dijo
una voz femenina.
Otra masculina le contestó.
- Ya hemos venido aquí otras veces y no ha pasado nada. ¿Por qué debería suceder algo esta noche?
- Tienes razón. Será que como tengo el portabultos lleno de maletas, me preocupo más.
- Si quieres nos vamos. No fue idea mía venir aquí a pasar frío.
- No empieces, por favor. ¿Sería posible no discutir aunque sea esta noche?
Por un momento sólo se escucharon las olas estrellándose contra la arena. El chico se incorporó hasta quedarse sentado y, sin dejar de mirar al cielo, encendió un cigarrillo. Cada calada le teñía la cara de rojo. Después su voz se unió al sonido de las olas.
- Hay que ver cuantas estrellas. En cuanto más miras al cielo, más aparecen.
- Sí. Podríamos estar mirándolas toda la noche y nunca dejarían de aparecer. Es como observar el infinito.
Una nueva ola se transformó en espuma y se acercó a los pies de la pareja aún más que su predecesora. Estaba subiendo la marea. La voz masculina se volvió a unir a la del mar.
– Una vez pensé en escribir una historia sobre un tripulante de una nave intergaláctica. Él y sus compañeros estaban perdidos en algún lugar del universo. Los sistemas de navegación se habían estropeado y los sensores antichoque impedían que la nave avanzara en un radio de varios años luz de distancia., como si estuvieran atrapados en un gran cilindro de límites invisibles.
Un día, si es que hay días en el espacio, vio acercarse a una especie de planeta que iba creciendo a una velocidad increíble. Cuando se dio cuenta de que el planeta era un ojo y pensó en la posibilidad de que el universo, la nave y él se hallaran en el interior de una probeta, murió de un infarto.
- ¡Qué cosas se te ocurren!
- ¿Nunca has pensado que puede que el universo no sea más que un átomo microscópico?
- Sí, pero trato de no hacerlo. Me parece una idea tan triste…
El chico apagó el cigarrillo y puso la colilla al lado de la botella de vino. Después volvió a tenderse de cara a las estrellas.
– Lo que si que me he preguntado – comenzó a decir la chica – es cómo se verán las constelaciones desde otras perspectivas. Ya no serían los dibujos planos que observamos desde la tierra y, en cambio, la tierra y los recuerdos que tendríamos de ella pasarían a ocupar su lugar hasta formar fotos planas albergadas en la memoria.
- Sí. Entonces más de uno valoraría las cosas que ha dejado atrás. Y hasta se arrepentiría de haber emprendido un absurdo viaje.
- No creo que los viajes sean absurdos. Además, puede que más de uno se alegre de dejar atrás ciertas cosas que le tenían encarcelado.
El chico buscó en su bolsillo y sacó un móvil.
- ¿A qué hora tienes que estar en el aeropuerto? – preguntó.
- A las cinco – respondió la chica.
- Está bien. Pondré el despertador del móvil.
Después de apretar los botones del teléfono, el chico se lo guardó en el bolsillo y se acostó bocabajo.
La chica apartó la botella de vino y le abrazó hasta que la rigidez del cuerpo de él le hizo desistir y acostarse, dándole la espalda, en posición fetal.
La luz roja e intermitente de un avión surcaba el cielo marcando una trayectoria ascendente, como si se dirigiera al espacio exterior.

LA ÚLTIMA CORRIDA

“HALLADO UN CADÁVER RODEADO DE ESPERMA”
Cuando leí el titular, por poco se me atraganta la tostada. Alfredo no respondía a mis llamadas desde la última vez que nos vimos.

Aquella noche le había invitado a una cena que organizaba un amigo de la universidad para sacarlo de casa. Aún me parecía oler el aroma a encierro y humedad que desprendía cuando entró en el coche y me saludó.
Ya estábamos de camino a la cena cuando le pregunté por un libro que estaba tratando de escribir sobre lo que él llamaba “matemáticas alternativas”. Una teoría que, por más que me la explicara, nunca puede entender.
- Luchando. – respondió – No puedo negar que estoy en crisis, pero eso va cambiar. El otro día vi la entrevista a un escritor que practica la psicomagia. Dijo que gracias a ella logró enterrar al escritor frustrado que había en él.
- ¿Y como lo hizo?
- Escribió en un papel “escritor frustrado” y, después de mancharlo de la sangre de uno de sus dedos, lo enterró en una maceta.
- ¿Y tú le has creído?.- No obtuve la respuesta de los labios, sino de la mano que levantó para mostrarme una cicatriz en el dedo índice.
Me quedé callado. Siempre tuvo una ferviente debilidad por teorías que hablaban acerca de ritos y profecías. De hecho, en ellas basaba parte de sus “matemáticas alternativas”. Pero, que yo supiera, esta era la primera vez que se auto lesionaba por alguna de ellas.
Una vez en la cena, estuvo callado durante el tiempo que duró la proyección de las diapositivas que el anfitrión de la casa había sacado durante un viaje realizado para colaborar con una ONG en La india.
Más tarde, Alfredo ya se había bebido más de media botella de ron e irrumpió en una conversación sobre la situación de Centroamérica diciendo que todo daba igual porque Barak Obama había ganado las elecciones.
– ¿No habéis leído a Nostradamus? Él predijo con gran acierto todos los acontecimientos importantes de la historia. Dice que la tercera guerra mundial, la cual desencadenará el fin de nuestra civilización, llegará a principios del año dos mil tras la llegada al poder de un papa negro. Está claro que, hoy en día, la principal religión es el lucro económico. ¿Y cual es el Vaticano económico del mundo? – nadie respondió – Estados Unidos. Por lo tanto el papa es el presidente de este país.
Después de un pequeño silencio el anfitrión dijo:
- Discrepo de tu teoría. Yo soy de la corriente del brujo del canal siete. – Después se echó a reír y los demás asistentes a la cena le acompañaron con sus risas. Creo que pensaban que la teoría sobre el fin del mundo era un chiste. Pero yo sabía que no era así. La mirada de Alfredo se quedó perdida en el blanco de la pared que tenía enfrente. No habló más en toda la velada.
De camino a su casa el silencio se prolongó hasta que yo hablé.
- Creo que deberías contenerte a la hora de soltar tus ideas a los cuatro vientos. Lo digo por tu bien.
- No entiendo porque suena tan raro lo que digo. Mira al dueño de la casa donde hemos estado. Va a ayudar con una ONG al mismo país donde el padre tiene instaladas sus empresas. Eso sí que es raro.
- Al menos trata de hacer algo para cambiar del mundo. ¿ No es bueno que la clase pudiente se de cuenta de cómo están las cosas e intente cambiarlas?
- Claro hombre. Me parece estupendo explotar los recursos ajenos para jugar a la caridad.
- No sé porque tienes esa manía de quejarte de todo. ¿Qué haces tú por el mundo?
- No menos que él.
- Sí claro, me olvidaba de que estar todo el día en casa, divagando en soliloquios sobre pensamientos que no llevan hacia ningún lugar, te parece hacer algo.
Sabía que mis palabras eran duras, pero quería que se diera cuenta de que esas teorías, que le hacían parecer tan interesante a las chicas en los tiempos del instituto, habían ido aislándolo de los demás hasta el punto que yo era el único que le quedaba. Él no pareció entenderlo. Permaneció callado el resto del camino. Tampoco habló cuando le dejé en la puerta de la casa y se perdió tras la puerta del portal.

Habían pasado casi dos semanas cuando me encontraba tosiendo delante del periódico. Me recompuse con un trago de café y seguí leyendo la columna que contaba lo sucedido.
El cuerpo de señor A. D. fue encontrado en avanzado estado de estado descomposición dentro de la bañera del aseo de su vivienda, localizada en la calle Venegas. El cuerpo estaba rodeado de manchas amarillas y resecas que resultaron ser esperma. Después de comparar el ADN de las manchas con el de él fallecido, para ver si las causas de su murete fueron debidas a una agresión sexual, el resultado de las pruebas ha revelado que el semen era del sujeto. Estas pruebas, unidas al hecho de que en la autopsia se comprobó que el golpe que tenía en la cabeza se lo había hecho con la bañera y de que tenía una mancha de semen en el talón, apuntan a que tras masturbarse repetidas veces resbaló y se golpeó contra la bañera.

Alfredo tuvo una novia que le abandonó cansada de sus extravagancias. Él afirmaba que logró olvidarla gracias aun ritual que consistía en masturbarse pensando en ella hasta concentrar su recuerdo en los testículos y expulsarlo del cuerpo mediante el semen.
Me lo imagino masturbándose una y otra vez para deshacerse de sus mal aventuradas hipótesis, pero quizás, éstas ya estaban tan adheridas a su carne, que tratar de eliminarlas significaba la auto mutilación.

UNO DE ENERO

La anciana estaba tumbada sobre una camilla. Parecía que no respiraba.. La sangre coagulada le cubría de la cabeza a los hombros. A partir de los últimos, había pequeños archipiélagos rojizos que se iban haciendo más diminutos a medida que se repartían por los bajos del vestido llevaba puesto.
El chico acababa de salir de una unidad de enfermería. Se podía adivinar un gorgoteo proveniente de su boca, como si tuviera mucha saliva acumulada. Llevaba un catéter clavado en el brazo derecho. Con la mano izquierda agarraba la de su novia, que estaba sentada a su lado.
- ¿Qué hora es ya? – le preguntó a la novia.
- Las dos de la tarde.
- Siento haberte hecho venir, pero es que me daba tanto miedo quedarme dormido.
- No te preocupes. Sólo hace falta echarle un vistazo a tu garganta para saber que no eres un hipocondríaco.
- Cuando me acosté boca arriba estuve apunto de tragármela. Qué cosa más desagradable.
La anciana despertó. Se diría que no comprendía qué hacía en aquella sala de espera, tumbada sobre aquella camilla. Llevó su mano hasta la larga brecha que asomaba entre una melena poco poblada, después se miró la palma de la mano y pareció comprender.
- Señorita – trataba de gritarle a una enfermera que pasaba por ahí – ¿Y quién me limpia esto a mí?- pero la enfermera le ignoraba.
La pareja observaba la escena como si fueran a ayudar a la señora. Si embargo, se quedaron donde estaban.
- ¿Qué te ha dicho el médico sobre lo de mezclar la medicación? – Preguntó la chica.
- Me ha dicho que no me preocupara. Aunque no le ha hecho mucha gracia mi pregunta.
- ¿Por qué? ¿Acaso no está aquí para solucionar este tipo de dudas?
- Claro que sí. Pero creo que piensa que, con mi presencia en esta sala, ocupo el tiempo para a atender a alguien más necesitado y que no haya cometido una estupidez por gusto.
- Todo el mundo tiene derecho a equivocarse.
- Claro. Nosotros y nuestro grupo de amigos nos dedicamos a equivocarnos cada noche vieja.
Un celador apareció por el pasillo y se llevó a la anciana, que siguió con sus preguntas. El celador empujaba la camilla como si estuviera vacía.
Pasados unos minutos, entró en la sala de espera un hombre famélico que no dejaba de temblar. Le acompañaba una chica embarazada.
- ¿Qué le ocurre? – le preguntó la enfermera.
- No sé, me duele todo el cuerpo. Creo que ha sido una indigestión. – respondió el hombre tratando de ocultar su evidente mono.
El chico miró al hombre, a la mujer embarazada y después a su novia. Bajó la mirada con un gesto en el que se adivinaba la culpa. El celador volvió a emerger desde el pasillo, esta vez con una camilla vacía.
- Mira, vas a estar acostadito y todo.- dijo la chica sonriendo.
- Lo que tengo no es tan grave.
- Hay gente a la que le ha pasado lo mismo y le han tenido que hacer una traqueotomía. No creo que te dejen sentado en una silla si te van a poner en observación.
- Lo que tengo no es tan grave.
Apareció una nueva enfermera que dijo:
- ¿Echedei Santana?
- Soy yo. – respondió el chico.
- Acuéstate aquí, por favor.
Echedei se acostó de mala gana. Mientras se lo llevaban le dedicó a su novia una mirada suplicante.

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