Archivos para la Categoría 'Microrelatos'

Injertos carnosos

El sol que entraba por el pinar nos calentaba ayudado por la soledad de nuestros cuerpos desnudos.

Entonces vimos un pino inclinado y de ramas cambadas quien sabe si por el viento, o por los amantes que, como tú y yo, se subían a ellas para regar sus raíces de líquidos amatorios.

Te acomodaste en una rama formando una nueva horqueta, un injerto de carne excitada y muslos tiesos, después yo me subí en otra y proseguí los injertos, si embargo, estos últimos se hacían y se deshacían, se hacían y se deshacían… ignorando el atardecer, la noche, el frío.

El punto más húmedo

Las pelvis percutían y se rozaban por todas las caras posibles.
Los gemidos de los dos amantes y de la vieja cama iban más allá de la ventana entreabierta.

Distintos flujos, (vaginales, bucales y lubricantes que dilataban lo que ya estaba más que abierto) corrían por el colchón y rebañaban el sudor de los cuerpos.

Pero el punto más húmedo no estaba en la habitación, sino en los ojos que lloraban observando la escena a través de la ventana entreabierta.

Lunares rojos

Tus numerosos lunares, guiaban mi lengua en innumerables travesías por tu cuerpo. Eran las estrellas que orientan a los navegantes en las noches de la mar, pero mi lengua navegaba por un fondo seco que no tardaba en verse inundado de babas y semen.

Ahora los miro, inútilmente empalmado, aislado en un extremo de la cama y añorando la barca del deseo que sucumbió en un tsunami de reproches.

Ahora soy un navegante frustrado para quien el mundo se ha vuelto plano, porque sólo veo una espalda, y sus lunares, que se han vuelto rojos, me hacinan en la desidia.

Aullidos de luna nueva

Aquella noche, cada uno pretendía deambular en soledad por las calles, como licántropos que buscan devorarse a sí mismos para acallar pasiones. Pero, cuando nos vimos, no dudamos en romper nuestras corazas para lanzarnos, en carrera, a una fiera cacería de lenguas.

Chocamos, nos embadurnamos las bocas y las caras con tabaco y ron. Huimos por la llanura de asfalto mientras nos olisqueábamos como perros y ayudábamos con las zarpas a ese cadencioso reconocimiento. Nos arrancamos a mordiscos los disfraces que ocultaban nuestra verdadera naturaleza.

Después vinieron los aullidos, y la noche fue su pasto.