Una ciudad semidestruida bajo un cielo nublado.
Una calle de la ciudad: desierta, nevada. En esa calle, en uno de los edificios que aún continúan en pie: una ventana. Tras esa ventana: un reloj, cuyas agujas señalan las nueve y tres minutos, en la muñeca de un niño que porta un rifle.
Un hombre gorro de lana marrón, jersey gris también de lana, pantalones azules, botas negras que gira la esquina y empieza a recorrer la calle encogido, con las manos metidas en los bolsillos, rápido, sin despegarse de la pared, con la mirada atenta a los balcones y ventanas que hay en los edificios del otro lado de la calle.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis pasos.
El hombre que se detiene. Observa. Gira la cabeza. Mira atrás. Vuelve a girar la cabeza. Recorre con la vista las ventanas y balcones del edificio.
El niño que observa al hombre a través de la mira tele¬scópica del rifle.
El hombre que camina otra vez: uno, dos, tres, cuatro…
Las manos en los bolsillos. Encogido. La vista fija en los balcones y ventanas.
…cinco, seis, siete…
El dedo del niño que aprieta el gatillo.
La detonación.
El hombre que cae sobre la nieve.
La sangre. La sangre que tiñe la nieve.
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