Al Tío Cirilo le gustaban demasiado los coches. Tanto le gustaban que a los dieciséis años se compró un Volkswagen, un escarabajo azul, y decidió quedarse a vivir en él.
No me pregunten cómo se las apañó económicamente o emocianalmente. Una vez se metió no salió nunca más. Se levantaba, se lavaba, trabajaba, comía, ligaba, follaba y dormía en él. Se sospecha que no saliera nunca.
A medida que pasaron los años, el coche y Tío Cirilo se fueron haciendo viejos y hubo que reformar varias veces el coche. Siempre se empeñó en quedarse dentro del escarabajo azul mientras le cambiaban las ruedas, sacaban y metían el motor, restauraban la chapa y los sillones.
Nunca tuvo problemas de salud. Cerca del fin, cuando los tuvo, fueron los médicos los que tuvieron que acercarse al coche y tratarle allí. Una vez que estaba muy mal lo intentaron sacar y casi se muere. Así que lo dejaron dentro y mejoró; no se sabe si fue casualidad o qué.
La voluntad de Tío Cirilo era que lo enterrasen con el escarabajo azul.
La ley no lo permitió.
Qué injusticia.
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