La población de Afoggia, un pueblo situado en la región meridional de Italia llamada Basilicata, quedó reducida a cinco habitantes el 23 de diciembre de 1957. Según el censo de ese mismo año, hasta aquél día la población del pueblo ascendía a 202 habitantes.
Las casas abandonadas están situadas en la falda del Botte Motalto, un pico de los Apeninos, a una altura de mil trescientos metros sobre el nivel del mar. Afoggia fue fundada por los romanos en el siglo II antes de Cristo. Los lombardos lo conquistaron en siglo VI y en el siglo XI pasó a formar parte del ducado normando de Apulia. Durante los años 1373 y 1754 sufrió graves terremotos. Fue en 1861 cuando se integró al reino de Italia. Su economía dependía principalmente de la cría de ovejas y cabras. A mediados del siglo XX, durante la segunda guerra mundial, el descubrimiento de gas metano en el cercano valle de Basento estimuló la construcción de factorías de industria pesada y gran parte de la población de Afoggia emigró al valle.
Giacomo Buzzatti, uno de los pocos naturales aún con vida de Afoggia, junto a su novia Elsa Sciascia, Giosuè Carducci y Andrea d’Annunzio, recorrieron a pie aquella tarde de diciembre los dos kilómetros que separan Afoggia del pueblo vecino con el propósito de tomar un vino con unos amigos. Durante el trayecto de vuelta, entre bromas, Giacomo se torció el tobillo y tuvo que volver cojeando.
Desde mediados del siglo catorce, todos los habitantes de Afoggia, creyentes o no, se congregaban junto a la iglesia el 23 de diciembre al anochecer. Esta tradición comenzó como ruego para que cesaran los terremotos que sacudían la región. A pesar de que los terremotos no habían hecho acto de presencia (al menos de forma importante) desde décadas, los lugareños todavía conservaban la tradición en 1957.
Giacomo y sus tres acompañantes escucharon las campanadas que invitaban a la gente a congregarse. Pero el repicar cesó de repente.
Por unos metros continuaron caminando sin percatarse. Luego, Elsa se detuvo. El resto continuó unos pasos más. Se detuvieron. De la esquina de la calle Dino Morante con Leonardo Basan, calle por la que caminaban, apareció corriendo hacia ellos Benedetto Croce.
Benedetto pasó junto a ellos con los ojos perdidos. Su cara estaba desencajada. Sus brazos al cielo. Les dejó atrás sin casi darles tiempo a preguntarse por qué corría.
Menos de cinco segundos después, la mayoría de los habitantes del pueblo pasaba junto a ellos. Todos corrían. Gritaban. Sollozaban. Gemían. Braullaban. Resoplaban. Una manada humana perseguida por el depredador. Una imagen sacada hace miles de años atrás.
Pasaron a su lado. Sin verles. Como si fueran invisibles. Dejando atrás algo terrible. Otros les apremiaban. Sin dejar de correr. Con gritos de pánico. Que corriesen tras ellos.
Un miedo irracional se apoderó de Giacomo, que obedeció las palabras de su hermana que corría junto a su marido, Antonio Fogazzaro, y empezó a correr en la misma dirección en la que lo hacía la masa.
No hubo tiempo para explicaciones. La locura se apoderó de ellos.
Según Giacomo, para la mayoría la carrera no duró más de diez segundos, lo que se tarda en correr los cuarenta metros que hay desde la calle Leonardo Basan hasta el precipicio que los lugareños llamaban Trasimeno.
El tobillo de Giacomo no podía seguir el ritmo de los demás. Le dejaban atrás. Incluso Elsa corría unos metros por delante de él. Echó la vista atrás. Dos o tres veces.El miedo la empujaba hacia delante.
A su lado pasaron, Ettore y Barbara Radice, que desprendían un olor inconfundible, el que había sido su profesor en la escuela, Gino Severin, Filippo Tommaso Marinetti, al que reconoció por ser manco. Quizá Su padre. Su madre.
El último en sobrepasar a Giacomo fue el párroco, Michele de Lucchi.
Le dejaron atrás y, luego, desaparecieron precipicio abajo.
Cuando Giacomo llegó al borde del abismo estaba solo. Sentía una gran presencia y a la vez un gran vacío tras él. No quería mirar atrás. No podía mirar atrás. Cerró los ojos y escuchó el viento escurrirse entre las rocas. Se arrodilló sollozando. Vomitó. Se encogió sobre sí mismo en el suelo esperando en vano que algo sucediese.
Y así lo encontraron horas después, inconsciente, como una piedra más del paisaje.
0 Respuestas a “LA MASA”