El punto más húmedo

Las pelvis percutían y se rozaban por todas las caras posibles.
Los gemidos de los dos amantes y de la vieja cama iban más allá de la ventana entreabierta.

Distintos flujos, (vaginales, bucales y lubricantes que dilataban lo que ya estaba más que abierto) corrían por el colchón y rebañaban el sudor de los cuerpos.

Pero el punto más húmedo no estaba en la habitación, sino en los ojos que lloraban observando la escena a través de la ventana entreabierta.

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