– Su negativa dejará sin trabajo a mucha gente. Y eso es algo que ni usted ni yo nos podemos permitir.
En presencia de aquella casa rodeada por un cerco de césped ennegrecido, el lejano eco de esas palabras subía de volumen y la sonrisa de su portador se hacía más nítida.
Tras pasar al lado de los frutales calcinados y dar un largo paso, Harvey entró por la puerta para descubrir que las vigas de madera, el brillo de las baldosas, la variedad de colores que teñían las paredes y los muebles que el mismo fabricó, habían sido tragados por el hollín.
- Yo que usted reconsideraría su postura. – volvió a decir el eco de aquella voz acompañado por la inmutable sonrisa.
Tampoco se había salvado el cuarto del niño. La cuna era un amasijo de madera hecha añicos y cenizas. Los animales de plástico que pendían de los hilos del móvil se habían derretido para convertirse en figuras amorfas.
Harvey siguió deambulando por las habitaciones con la vana esperanza de que algo se hubiese salvado hasta que, vencido por la evidencia, bajó la mirada y encontró un pedazo de foto tirada en el suelo. La estrechó entre sus dedos y observó, recortado por las llamas, el rostro sonriente de su mujer. Entonces tuvo la certeza de que ya solo podría observar aquella sonrisa en aquel pedazo de papel, porque, a aparte de haber perdido al niño, ella tenía la cara quemada.
Su puño apuntó a la pared, pero el miedo a sufrir más dolor le hizo frenarlo, así que se puso a patear los restos de tantos años de dedicación hasta que las piernas se quedaron exhaustas.
Los bomberos dijeron que el escape de gas fue accidental, pero él pensaba que se equivocaban. Los de la promotora llevaban casi un año acosándole. La casa estaba en medio del barranco y ellos querían construir allí.
– Le hemos hecho una buena oferta. No la puede rechazar. Además, en el caso de que llevemos esto a los tribunales, seguro que conseguirá menos dinero del que le hemos ofrecido.
El recuerdo de la sonrisa de aquel incómodo visitante palpitaba en su sien y le hacía andar en círculos. Ya no le quedaban más fuerzas para golpear nada.
Harvey guardó la foto de su mujer en el bolsillo de la chaqueta, se dirigió al salón y apartó un trozo de cuadro de la pared. La caja fuerte estaba intacta y pudo abrirla sin ningún problema. Metió la mano dentro y cogió la pistola que descansaba sobre las escrituras de la casa.
-Han tenido que ser ellos- se dijo para convencerse cuando las manos ya empuñaban el volante del coche. Después metió la primera y se fue rumbo a la promotora.
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